
Con las manos dictaminas; con los pies ejecutas
© Pilarica
Era un día de verano en el ardiente sol del mediterráneo, de esos que te consumen por dentro, de esos que te deshidratan y te impiden respirar. Jonás y Julio, dos amigos de infancia, caminaban vencidos por los avatares del recorrido, progresando lentamente. Pasaron mucho tiempo marchando cuesta arriba, cuesta abajo, hasta que..., ¡alabado sea Dios!, un pueblo se avecina.
Con las sandalias agujereadas y los pies doloridos, enrojecidos por no decir hinchados, hastiados de tanto deambular, se internan hacia ese pueblo desconocido, compuesto de calles amarillentas repletas de polvo y viento. En la entrada, una fila de cipreses los saluda y los acoge con un edicto clavado en un enorme árbol: "In manibus dictamines et cum pedes eiecutas", y salido de la nada, el hombre que dirige el pueblo los saluda atentamente.
- Imagino que están hambrientos y sedientos, vamos adelante, nuestro pueblo los acoge, no sin antes disertar este mensaje, léanlo en la figura clavado en el árbol de la entrada.
