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Con las manos dictaminas; con los pies ejecutas



Con las manos dictaminas; con los pies ejecutas
© Pilarica



CON LAS MANOS DICTAMINAS, CON LOS PIES EJECUTAS


Era un día de verano en el ardiente sol del mediterráneo, de esos que te consumen por dentro, de esos que te deshidratan y te impiden respirar. Jonás y Julio, dos amigos de infancia, caminaban vencidos por los avatares del recorrido, progresando lentamente. Pasaron mucho tiempo marchando cuesta arriba, cuesta abajo, hasta que..., ¡alabado sea Dios!, un pueblo se avecina.

Con las sandalias agujereadas y los pies doloridos, enrojecidos por no decir hinchados, hastiados de tanto deambular, se internan hacia ese pueblo desconocido, compuesto de calles amarillentas repletas de polvo y viento. En la entrada, una fila de cipreses los saluda y los acoge con un edicto clavado en un enorme árbol: "In manibus dictamines et cum pedes eiecutas", y salido de la nada, el hombre que dirige el pueblo los saluda atentamente.

- Imagino que están hambrientos y sedientos, vamos adelante, nuestro pueblo los acoge, no sin antes disertar este mensaje, léanlo en la figura clavado en el árbol de la entrada.

Cuci, el niño héroe



Cuci, el niño héroe (Historia extraída de: "El secreto oculto de los Andes III - Cuchimilcos")
© Pilarica



CUCI EL NIÑO HÉROE


Helébora debutó su historia evocando el espíritu beligerante de los pueblos ancestrales.

- En tiempos muy remotos, para ser más exacta, en la época de los incas, existían pueblos que vivían solo para dominar a los más débiles; era un juego de luchas incesantes con la finalidad de asentar el poder y aumentar los territorios. Los pueblos conquistados eran designados a vivir eternamente como esclavos, o como simples animales. Al ver el creciente peligro en este tipo de prácticas poco ortodoxas de la época, la primera inquietud de todo buen curaca que se preocupa por su pueblo es conquistar antes de ser conquistado. En el altiplano peruano un pueblo sobresalió en el arte de la invasión y sus ritos salvajes. En ese poblado, sus habitantes estaban dotados de un fuerte dominio en la lucha y defensa personal, incluyendo las mujeres y los niños. Con el transcurso del tiempo, habían sometido a muchas aldeas por la fuerza y la brutalidad. Para su defensa personal, era menester que sus ciudadanos conservaran sus armas cerca de ellos. Pero, en realidad, ejercían mucho más el rol de agresores que el de defensores.

"Rumiscipi, el Señor de la región, exigió nuevas víctimas para sus sacrificios. En sus alrededores, con solo mencionar su nombre el terror se apoderaba de las comarcas de regiones vecinas. A través del tiempo, Rumiscipi anexó a su reinado, despiadadamente a muchas tribus aledañas. Solo quedaron a salvo tres pueblos muy lejanos, que habían formado militarmente una alianza muy sólida para resistir a su terrible invasión. Estos tres pueblos concentraron sus ejércitos en el valle más alto del territorio andino, dominio de las montañas.