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El abuelo Paul Davis



El abuelo Paul Davis (saga "Paul Davis: A contrarreloj")
© J.G. Chamorro
Imagen: Carmen Attal



EL ABUELO PAUL DAVIS


Paul Davis es un hombre de avanzada edad. El que fuera un prestigioso detective especializado en la recuperación de relojes hace años ya que cesó su actividad. Sin embargo, su pasión relojera no ha mermado en absoluto. Aprovecha cada rato que tiene para seguir indagando sobre ellos, para seguir refrescando su memoria. Eso le mantiene vivo y le hace sentir bien. Físicamente se encuentra bien para su edad, los previsibles achaques, pero afortunadamente sin ninguna enfermedad grave. En cuanto a lo psicológico no es tan sencillo. A menudo se siente solo y ha perdido casi todo el contacto con aquellos con quienes compartía su pasión por los guardatiempos.

La relojería es algo tan universal como lo es el propio tiempo, algo que se demuestra en cómo puede surgir una conversación, dónde menos te lo esperas, y con quien menos esperabas.

Dinero fácil



Dinero fácil
© Fénix Hebrón
Imagen: Moose Photos



Habían transcurrido un par de días, y Lorena ya se había olvidado por completo de su antiguo reloj, aquel que arrojó desde la carretera hacia el monte con rabia y desdén cuando, mientras repasaba unos documentos con su secretaria, ella observó su muñeca vacía:

- ¡Vaya! No lleva reloj ¿Qué ha sido de su Van Cleef?

Lorena se quedó un instante en silencio. ¿Por qué debía contestar a ese tipo de preguntas? No le apetecía nada. Pero para acabar con el tema, decidió decir:

- Bueno... No funcionaba.

- ¿Le dio cuerda? - Quiso saber la señora Valluart, conocedora de la desgana que hacia ese tipo de cosas sentía su jefa.

Polos opuestos



Desafío tercero: Polos opuestos (Saga "El Interrogador")
© A. Bial Le Métayer
Imagen: Flora Westbrook



El interrogador
Desafío tercero: Polos opuestos


La compañía de seguros "Franz LZ Insurances" no era uno de mis clientes más habituales. De hecho, si la memoria no me fallaba, apenas había tratado un par de veces con ellos. En cualquier caso y en cuanto le vi, reconocí de inmediato a su máximo responsable y dueño de la misma, Franz Lengyel Zsoldos, un tipo fornido y con una constitución física que imponía a pesar de su edad y de que, al menos sobre el papel, no estaba en servicio activo y su labor, en la mayoría de ocasiones, se reducía a tareas de escritorio. Pero, como se suele decir, "quien tuvo retuvo", y al señor Lengyel todavía le quedaban bastantes pruebas del estilo de vida activo y aventurero que había llevado.

Me citaron en una céntrica cafetería, y hablo en plural porque cuando llegué me di cuenta que Franz estaba acompañado. Sentado a su lado se encontraba un hombre de mediana edad, elegantemente vestido, que no cesaba de mirar su reloj, seguramente mostrando su disconformidad con mi retraso - culpa de mi desastroso Peugeot de nuevo - o también con el hecho de que el jefe de la "LZ Insurances" hubiese decidido acudir a mí. Me lo presentó como Paul Davis, al parecer un famoso investigador de relojes. Me senté a un lado de la mesa, entre los dos (ellos estaban uno frente al otro), y Franz comenzó a explicarme el motivo de mi presencia allí, entre notorios signos de desaprobación de Davis, como por ejemplo que prestaba más atención a su café que a lo que decía Franz, o que me miraba escrupulosamente, como incitándome a que comentase algo, o a que me sintiera incómodo. O ambas cosas a la vez.

- Paulina de Hoz es una famosa ladrona de joyas, de hecho, está especializada en relojes, en concreto en la marca que más beneficios aporta.


Un reloj de importación



Un reloj de importación (saga "Una cruz de color rojo. Historias de Paramedics Worldwide")
© A. Bial le Métayer
Fenix Hebron
Nadija Blju
Nirca Stevenson



HISTORIAS DE PARAMEDICS WORLDWIDE
UN RELOJ DE IMPORTACIÓN


Acababa de terminar mi jornada para Paramedics Worldwide, y conducía la furgoneta por el casco antiguo cuando me encontré de pronto con el cartel de una relojería. Era una vetusta tienda en la parte baja de un edificio antiguo, que a todas luces había visto tiempos mejores. Sin embargo, como el sitio estaba tranquilo y no había tráfico, decidí aparcar la Transporter a un lado y salir a echar un vistazo a su escaparate. Justo en ese momento de la tienda salía una señora con ropa "de viuda" - toda de negro - bastante anciana y de cabello blanco, y al verme sostuvo la puerta con su mano, seguramente con la idea de que yo fuese a entrar. Más bien para no dejar en saco roto su educación y el haber tenido ese detalle - imagino que todas las paramédicas somos, en el fondo, enormemente empáticas -, le di las gracias y accedí a entrar en el local.

Dentro de la tienda la atmósfera era lúgubre, casi tétrica, con una luz muy tenue que en parte se agradecía para no tener que contemplar los detalles decrépitos y de declive de aquella pequeña tienda de relojes que parecía haberse detenido en algún lugar de los años sesenta del siglo XX. Sin embargo me sorprendió que quien venía hacia mí tras el mostrador era una mujercita menudita y sonriente. Me habría esperado a otra ancianita como la de la puerta.

Borrado de datos



Borrado de datos
© A. Bial Le Métayer


Los últimos feligreses fueron abandonando poco a poco la iglesia, y yo me quedé prácticamente solo en el templo. Únicamente un par de ancianas, en lor pimeros bancos, oraban guardando un respetuoso silencio. El hermano que hacía las veces de diácono, apagó las luces principales, y la nave del templo se quedó en semioscuridad, únicamente con la iluminación de la zona del altar.

Me encantaba estar así, arrodillado, en silencio, solo mi Señor y yo. La paz envolviéndome, los pensamientos se me iban, y me sentía envuelto entre una relajante armonía que me rodeaba, aislándome y elevando mi alma.

Era una sensación de meditación profunda, donde todo desaparecía, y no deseaba más que estar así hasta que mi cuerpo se cayera y mi espíritu se desprendiera de su vestido para volar libremente a mi encuentro con la Eternidad. Pero... Se dice que caminamos hacia el Cielo, pero aún no estamos en él. Tenemos que transitar por este tenebroso y trágico suelo, y recorrer el camino de nuestros años aquí, en la tierra. Por desgracia, eso supone estar en medio de constantes peligros que amenazan nuestras almas, nuestra pureza, nuestra integridad, y nos intentan arrebatar la salvación. Hemos de lidiar con todo ello, y eso muchas veces supone cometer errores. Es la vida en este suelo, como dice el libro de Job, una batalla constante. Desde nuestro nacimiento hasta la muerte. Batalla del cuerpo contra las enfermedades, accidentes y vejez, y batalla del espíritu contra las tinieblas, las adicciones, los vicios y pecados.

Un deseo que cumplir



Un deseo que cumplir (Saga "Erius, el inquisidor")
© Fenix Hebron
Imagen de portada: Kinkate
Diseño de portada: Reflejo Creative



Dedicatoria del autor
Con cariño, reconocimiento y profunda admiración, dedicado a Felisa Sánchez Ramírez (Beatriz de Olay), que partió a la casa del Señor hace pocos meses.


Un deseo que cumplir


No me gustan los autobuses de línea ni el avión. No me agrada viajar en transporte público si no conduzco yo. Pero si tengo que hacerlo, prefiero entonces viajar en tren. Aunque a veces no queda más remedio, como en aquella ocasión.

Acababa de acudir a las exequias de un obispo desde la catedral, y regresaba en autobús. En cualquier otro momento habría hecho el trayecto en coche, pero mi Alfa lo tenía un reverendo de una localidad cercana. Su humilde Renault estaba esperando una reparación en el taller, y necesitaba un automóvil para desplazarse por las aldeas realizando los distintos servicios litúrgicos que un sacerdote rural tiene que hacer. No podía recorrer las distancias entre un pueblo y otro en autobús, simplemente porque no existían líneas, o porque no era factible ni productivo. Así que le dejé mientras tanto mi viejo Alfa Romeo Giulia.

Día de Reyes



Día de Reyes (saga "A contrarreloj. Paul Davis", cuarta temporada)
© J. G. Chamorro



DÍA DE REYES


Capítulo 1
No soy una persona demasiado navideña. Quiero decir, que estas fechas para mí son más deprimentes que festivas. Una bonita tradición religiosa, llena de generosidad y amor, ha terminado de algún modo, convirtiéndose en una retahíla de compromisos y de compras. Para terminarlo de rematar, la fría temperatura de enero, acompañado de las pocas horas de luz natural, convertían esas fechas en algo triste y sombrío.

Por suerte para mí, no recordaba cuando había sido la última vez que había tenido unas Navidades libres. Siempre recuerdo estas fechas viajando por trabajo, así que como no las vivía, tampoco las sufría.

La hija de Paolo



La hija de Paolo
© Lublaj Raffle


Me las prometía muy felices ante mis jornadas de descanso "obligatorias", y así estaba aquel día casi a las doce del mediodía, pensando en mi preciosa Anastacia mientras la comida se hacía lentamente al fuego, cuando recibí una llamada. Era de Narciso, que me pedía acercarme "un momento" a la casa de Paolo.

Dejé la comida para calentarla después, puesto que si era solo "un momento", esperaba poder consumirla luego, y conduje hasta la casa. Y la casa de Paolo no era precisamente una linda casita a las afueras del barrio, sino toda una construcción ultramoderna, de dos plantas en forma de cubo, superpuesta una a la otra con diferentes salientes, grandes ventanales de cristales tintados, y una elevada tapia de hormigón. Aquel cierre debió costar casi tanto como la casa entera.

No vi a ningún vigilante, debieron abrirme desde el interior al aparecer mi coche por los monitores del circuito cerrado de televisión. La puerta de acceso a la casa propiamente dicha estaba entreabierta y, al acercarme, oí una voz gritándome:

- ¡Entra, Biurn, estoy aquí!