
Protector inesperado (saga "Erius, el inquisidor")
© Fenix Hebron
Imagen: Meryl Katys
El Director y Delegado para España de la Santa Inquisición, Oliver Scott, me llamó de nuevo al teléfono móvil. Ya le había dicho que no estaba en disposición de aceptar un nuevo caso, que no me encontraba con fuerzas, con ánimos y, sobre todo, con salud. Llevaba tres días en cama, desde que había llegado de Moscú; tras entregarle a Erradikade las cenizas de Errasae, el mundo pesaba como una losa sobre mí.
No tenía fuerzas ni para mover un dedo, solo quería llorar, y pasaba el día musitando jaculatorias entre mis labios. Por mí, y también por ella.
Era un sábado cuando llamaron a la puerta de la casucha de la parroquia donde vivía. Por supuesto no me apetecía abrir, ya se irían. Pero no se fueron.
Mi teléfono móvil de nuevo, martilleándome los oídos. Lo cogí:
- ¡Erius! - Se escuchó al otro lado -. Soy el reverendo Ruiz, abre.
- ¿¡Estás a la puerta!?
- Sí. Abre.



