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Un reloj de importación



Un reloj de importación (saga "Una cruz de color rojo. Historias de Paramedics Worldwide")
© A. Bial le Métayer
Fenix Hebron
Nadija Blju
Nirca Stevenson



HISTORIAS DE PARAMEDICS WORLDWIDE
UN RELOJ DE IMPORTACIÓN


Acababa de terminar mi jornada para Paramedics Worldwide, y conducía la furgoneta por el casco antiguo cuando me encontré de pronto con el cartel de una relojería. Era una vetusta tienda en la parte baja de un edificio antiguo, que a todas luces había visto tiempos mejores. Sin embargo, como el sitio estaba tranquilo y no había tráfico, decidí aparcar la Transporter a un lado y salir a echar un vistazo a su escaparate. Justo en ese momento de la tienda salía una señora con ropa "de viuda" - toda de negro - bastante anciana y de cabello blanco, y al verme sostuvo la puerta con su mano, seguramente con la idea de que yo fuese a entrar. Más bien para no dejar en saco roto su educación y el haber tenido ese detalle - imagino que todas las paramédicas somos, en el fondo, enormemente empáticas -, le di las gracias y accedí a entrar en el local.

Dentro de la tienda la atmósfera era lúgubre, casi tétrica, con una luz muy tenue que en parte se agradecía para no tener que contemplar los detalles decrépitos y de declive de aquella pequeña tienda de relojes que parecía haberse detenido en algún lugar de los años sesenta del siglo XX. Sin embargo me sorprendió que quien venía hacia mí tras el mostrador era una mujercita menudita y sonriente. Me habría esperado a otra ancianita como la de la puerta.

El abuelo Paul Davis



El abuelo Paul Davis (saga "Paul Davis: A contrarreloj")
© J.G. Chamorro
Imagen: Carmen Attal



EL ABUELO PAUL DAVIS


Paul Davis es un hombre de avanzada edad. El que fuera un prestigioso detective especializado en la recuperación de relojes hace años ya que cesó su actividad. Sin embargo, su pasión relojera no ha mermado en absoluto. Aprovecha cada rato que tiene para seguir indagando sobre ellos, para seguir refrescando su memoria. Eso le mantiene vivo y le hace sentir bien. Físicamente se encuentra bien para su edad, los previsibles achaques, pero afortunadamente sin ninguna enfermedad grave. En cuanto a lo psicológico no es tan sencillo. A menudo se siente solo y ha perdido casi todo el contacto con aquellos con quienes compartía su pasión por los guardatiempos.

La relojería es algo tan universal como lo es el propio tiempo, algo que se demuestra en cómo puede surgir una conversación, dónde menos te lo esperas, y con quien menos esperabas.

¿Qué fue de Rodríguez?



¿Qué fue de Rodríguez?
© Francisco Prats Benito



¿QUÉ FUE DE RODRÍGUEZ?


Cuaderno de Bitácora del "Conill". "Hemos zarpado esta mañana a las 7:30 HRB. Viento NE 3 a 4, amainando a variable 2. Rizada disminuyendo a marejadilla. Nos dirigimos navegando a vela rumbo 120º. Se espera buen tiempo. Hemos repostado combustible en puerto y llenado los depósitos de agua. La tripulación está confiada y colabora en lo que se le pide".

CONFIDENCIAL. Ministerio Fomento. Dirección General de la Marina Mercante. Comisión permanente de investigación de Siniestros Marítimos. Informe sobre el hallazgo de la embarcación de recreo "Conill". "El relato de los acaecimiento que sigue está basado en las declaraciones efectuadas por el Teniente (tachado, se omiten datos) y el suboficial (tachado, se omiten datos) ante la Comisión que investiga los hechos y en la documentación facilitada por la Capitanía Marítima de competencia. El suboficial, encargado del puente en el momento de la localización del "Conill" declaró que había comenzado su guardia a las 04h00m y debía salir a las 08h00m (hora local, una hora menos en Tiempo Universal, respectivamente). Momentos antes del avistamiento (sobre las 05h30m) llevaba rumbo 248º a una velocidad de 14 nudos, gobernando con el piloto automático. Había buena visibilidad. El buque, que luego resultó ser el "Conill", fue detectado inicialmente por medio del radar, por la amura de babor a una distancia de 10 millas. El radar le proporcionó además la información de que seguía un rumbo de deriva a una velocidad insignificante. Poco después el buque fue observado a la vista con los prismáticos confirmando que se trataba de una embarcación de recreo sin gobierno".

Los últimos de la clase



Los últimos de la clase
© A. Bial Le Métayer


LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE

Éramos los últimos de la clase, esos chavales a los que los profesores les ponían un cero en sus notas y se echaban a reír, porque les daba lo mismo y a sus padres también les daba absolutamente igual. Así que no estábamos en ese lugar precisamente por nuestra inteligencia, sino más bien por meternos siempre en medio de los líos y aparecer en las listas negras de los profesores (que también las había, y nos tenían tomadas las medidas).

Por eso, en cuanto el sabihondo de turno llegaba con un nuevo reloj, allá que nos íbamos a curiosear en torno a él. "Déjanoslo ver un momento", "¿qué hace?", "¿tiene cuenta atrás?", "déjame probarlo....". Vanos intentos que hacía el listillo por tratar de esquivarnos, puesto que siempre se lo acabábamos arrebatando de las manos entre sus negativas, primero trataba de resistirse pero al final cedía y fingía habérnoslo dejado él (éramos tontos, pero no tanto), y nos decía aquello de: "vale, os lo dejo, pero solo un rato, ¿eh?", y continuaba con una serie interminable de excusas: "que no es mío", "que me lo han prestado", "que mi padre va a preguntarme por él"... O sea, el muy capullo reconocía que tenía padre. Eso sí era jeta, y nos ponía más furiosos aún.

Dos coches de rally



Dos coches de rally (saga "Curvas y aceite")
© A. Bial Le Métayer



DOS COCHES DE RALLY


En cuanto Erika los vio aparecer, intuyó que habría problemas. Llamadlo instinto de mujer o como queráis. Eran tres tipos que llegaron en un BMW M3 azul oscuro, y lo dejaron en la explanada de entrada al taller.

No penséis que tenían aspecto de drogatas, de "quinquis" o de delincuentes, ni mucho menos. De hecho, y aunque no fuesen de esmoquin, vestían elegantemente. Fue su actitud, más bien, la que encendió todas las alarmas en la mecánica. Caminaban como si el mundo les perteneciera, y conversaban entre ellos bromeando como si fueran una pandilla de gamberretes. Aunque todos deberían rondar los treinta ya.

Uno llevaba una especie de minúsculo moño ridículo en la parte alta de la coronilla, ese "pegote" de pelo retorcido como una bola, que se había hecho tan popular entre los futbolistas y que, como ocurriera en los noventa con las perillas, o en los dos mil con los cortes al rape, muchos hombres habían imitado. Y es que no había cosa mejor para popularizar algo entre los hombres, por muy absurdo y vulgar que fuese, que hacer que lo luciese un futbolista, sean tatuajes, complementos como relojes o, como en este caso, peinados.

El Imperio. Relatos Cortos 4. Jerhoj: Lugansk, Ucrania



Jerhoj, la layenda: Lugansk, Ucrania (saga El Imperio. Relatos Cortos 4. Jerhoj.)
© Bia Namaran


A Ivanov Jerhoj tenían que ir a buscarlo cada mañana a la iglesia. Desde la muerte de su esposa se pasaba cada jornada, ya desde bien temprano, en el mausoleo familiar cercano al templo religioso y, a continuación, acudía a misa de ocho. No faltaba ni un día, y para él ese ritual, esa costumbre, era mucho más importante que seguir los negocios de su famosa firma de motocicletas rusas, Jerhoj.

La marca Jerhoj había sido uno de los muchos proyectos de su padre, con mucha inventiva y ganas, mas con poco capital. Pero el impulso definitivo se lo había dado Ivanov, junto con su esposa, ambos enamorados del mundo de las motos, y que decidieron transmitir esa pasión al resto del mundo.