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El espantapájaros con reloj



El espantapájaros con reloj (saga "Un lugar en el tiempo")
© A. Bial Le Métayer



EL ESPANTAPÁJAROS CON RELOJ


No había mucho tráfico por aquella carretera manchega. Los campos se extendían en llanuras hasta donde alcanzaba la vista, salpicados aquí o allá de algunas solitarias casas que se levantaban sobre el suelo como gigantes de pelo rojo. Adela agradeció poder conducir relajadamente y en paz, sin pensar en nada, tan solo en disfrutar al volante de su pequeño turismo francés. Sin agobios, sin prisas, y sin la presión del extenso tráfico alrededor que se sufría en la ciudad.

La relojera regresaba de casa de Genaro, un anciano al que visitaba muy de cuando en cuando, y que solía llamarla para que le hiciera el mantenimiento de sus relojes. Genaro vivía en una casa solariega que había sido de su familia durante generaciones, y que estaba a bastante distancia de la relojería La Elegante. Pero era un cliente de hacía muchos años, tantos que llegó a conocer a su abuelo. En los setenta solía acudir a Madrid acompañado de su mujer, conduciendo aquellos mastodónticos Seat 132. Siempre que lo hacía, se daba una vuelta por la relojería para conversar con el abuelo, y de paso adquirir algunos relojes, o llevarle alguno a reparar o a mantener.

Un reloj de importación



Un reloj de importación (saga "Una cruz de color rojo. Historias de Paramedics Worldwide")
© A. Bial le Métayer
Fenix Hebron
Nadija Blju
Nirca Stevenson



HISTORIAS DE PARAMEDICS WORLDWIDE
UN RELOJ DE IMPORTACIÓN


Acababa de terminar mi jornada para Paramedics Worldwide, y conducía la furgoneta por el casco antiguo cuando me encontré de pronto con el cartel de una relojería. Era una vetusta tienda en la parte baja de un edificio antiguo, que a todas luces había visto tiempos mejores. Sin embargo, como el sitio estaba tranquilo y no había tráfico, decidí aparcar la Transporter a un lado y salir a echar un vistazo a su escaparate. Justo en ese momento de la tienda salía una señora con ropa "de viuda" - toda de negro - bastante anciana y de cabello blanco, y al verme sostuvo la puerta con su mano, seguramente con la idea de que yo fuese a entrar. Más bien para no dejar en saco roto su educación y el haber tenido ese detalle - imagino que todas las paramédicas somos, en el fondo, enormemente empáticas -, le di las gracias y accedí a entrar en el local.

Dentro de la tienda la atmósfera era lúgubre, casi tétrica, con una luz muy tenue que en parte se agradecía para no tener que contemplar los detalles decrépitos y de declive de aquella pequeña tienda de relojes que parecía haberse detenido en algún lugar de los años sesenta del siglo XX. Sin embargo me sorprendió que quien venía hacia mí tras el mostrador era una mujercita menudita y sonriente. Me habría esperado a otra ancianita como la de la puerta.