
El espantapájaros con reloj (saga "Un lugar en el tiempo")
© A. Bial Le Métayer
No había mucho tráfico por aquella carretera manchega. Los campos se extendían en llanuras hasta donde alcanzaba la vista, salpicados aquí o allá de algunas solitarias casas que se levantaban sobre el suelo como gigantes de pelo rojo. Adela agradeció poder conducir relajadamente y en paz, sin pensar en nada, tan solo en disfrutar al volante de su pequeño turismo francés. Sin agobios, sin prisas, y sin la presión del extenso tráfico alrededor que se sufría en la ciudad.
La relojera regresaba de casa de Genaro, un anciano al que visitaba muy de cuando en cuando, y que solía llamarla para que le hiciera el mantenimiento de sus relojes. Genaro vivía en una casa solariega que había sido de su familia durante generaciones, y que estaba a bastante distancia de la relojería La Elegante. Pero era un cliente de hacía muchos años, tantos que llegó a conocer a su abuelo. En los setenta solía acudir a Madrid acompañado de su mujer, conduciendo aquellos mastodónticos Seat 132. Siempre que lo hacía, se daba una vuelta por la relojería para conversar con el abuelo, y de paso adquirir algunos relojes, o llevarle alguno a reparar o a mantener.




