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La hada de los relojes

Libro Bolsillo



La hada de los relojes (saga "El mercader de hadas")
© Neris Jalka


LA HADA DE LOS RELOJES


Me despertó de mi sueño un timbrazo impresionantemente molesto. No había conseguido dormir adecuadamente y ahora precisamente, que había podido por fin adentrarme en un profundo sueño, me molestaban.

De inmediato lancé una mirada al reloj-despertador de la mesilla, sus manecillas marcaban las doce y media de la noche... Fruncí el ceño, ¿las once y media? ¡Imposible! Si había ya amanecido, si el sol con su luz se colaba por la habitación desde la ventana, con la persiana a medio bajar... ¡Si yo me había acostado cerca de la una de la madrugada!

Meneé el reloj y lo dejé de nuevo donde estaba, con rabia. ¡Se había parado! ¡No me lo podía creer!

Historias de un tren



Un hombre de unos 75 años viajaba en tren y aprovechaba el tiempo leyendo un libro. A su lado viajaba un joven universitario que también leía un voluminoso libro de Ciencias. De repente, el joven percibe que el libro que va leyendo el anciano es una Biblia y sin mucha ceremonia, le pregunta:

- ¿Usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y de cuentos?

- Sí por supuesto, -le respondió el viejo-, pero éste no es un libro de cuentos ni de fabulas, es la Palabra de Dios. ¿Ud. cree que estoy equivocado?

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El espantapájaros con reloj



El espantapájaros con reloj (saga "Un lugar en el tiempo")
© A. Bial Le Métayer



EL ESPANTAPÁJAROS CON RELOJ


No había mucho tráfico por aquella carretera manchega. Los campos se extendían en llanuras hasta donde alcanzaba la vista, salpicados aquí o allá de algunas solitarias casas que se levantaban sobre el suelo como gigantes de pelo rojo. Adela agradeció poder conducir relajadamente y en paz, sin pensar en nada, tan solo en disfrutar al volante de su pequeño turismo francés. Sin agobios, sin prisas, y sin la presión del extenso tráfico alrededor que se sufría en la ciudad.

La relojera regresaba de casa de Genaro, un anciano al que visitaba muy de cuando en cuando, y que solía llamarla para que le hiciera el mantenimiento de sus relojes. Genaro vivía en una casa solariega que había sido de su familia durante generaciones, y que estaba a bastante distancia de la relojería La Elegante. Pero era un cliente de hacía muchos años, tantos que llegó a conocer a su abuelo. En los setenta solía acudir a Madrid acompañado de su mujer, conduciendo aquellos mastodónticos Seat 132. Siempre que lo hacía, se daba una vuelta por la relojería para conversar con el abuelo, y de paso adquirir algunos relojes, o llevarle alguno a reparar o a mantener.

Un reloj de importación



Un reloj de importación (saga "Una cruz de color rojo. Historias de Paramedics Worldwide")
© A. Bial le Métayer
Fenix Hebron
Nadija Blju
Nirca Stevenson



HISTORIAS DE PARAMEDICS WORLDWIDE
UN RELOJ DE IMPORTACIÓN


Acababa de terminar mi jornada para Paramedics Worldwide, y conducía la furgoneta por el casco antiguo cuando me encontré de pronto con el cartel de una relojería. Era una vetusta tienda en la parte baja de un edificio antiguo, que a todas luces había visto tiempos mejores. Sin embargo, como el sitio estaba tranquilo y no había tráfico, decidí aparcar la Transporter a un lado y salir a echar un vistazo a su escaparate. Justo en ese momento de la tienda salía una señora con ropa "de viuda" - toda de negro - bastante anciana y de cabello blanco, y al verme sostuvo la puerta con su mano, seguramente con la idea de que yo fuese a entrar. Más bien para no dejar en saco roto su educación y el haber tenido ese detalle - imagino que todas las paramédicas somos, en el fondo, enormemente empáticas -, le di las gracias y accedí a entrar en el local.

Dentro de la tienda la atmósfera era lúgubre, casi tétrica, con una luz muy tenue que en parte se agradecía para no tener que contemplar los detalles decrépitos y de declive de aquella pequeña tienda de relojes que parecía haberse detenido en algún lugar de los años sesenta del siglo XX. Sin embargo me sorprendió que quien venía hacia mí tras el mostrador era una mujercita menudita y sonriente. Me habría esperado a otra ancianita como la de la puerta.

El abuelo Paul Davis



El abuelo Paul Davis (saga "Paul Davis: A contrarreloj")
© J.G. Chamorro
Imagen: Carmen Attal



EL ABUELO PAUL DAVIS


Paul Davis es un hombre de avanzada edad. El que fuera un prestigioso detective especializado en la recuperación de relojes hace años ya que cesó su actividad. Sin embargo, su pasión relojera no ha mermado en absoluto. Aprovecha cada rato que tiene para seguir indagando sobre ellos, para seguir refrescando su memoria. Eso le mantiene vivo y le hace sentir bien. Físicamente se encuentra bien para su edad, los previsibles achaques, pero afortunadamente sin ninguna enfermedad grave. En cuanto a lo psicológico no es tan sencillo. A menudo se siente solo y ha perdido casi todo el contacto con aquellos con quienes compartía su pasión por los guardatiempos.

La relojería es algo tan universal como lo es el propio tiempo, algo que se demuestra en cómo puede surgir una conversación, dónde menos te lo esperas, y con quien menos esperabas.

¿Qué fue de Rodríguez?



¿Qué fue de Rodríguez?
© Francisco Prats Benito



¿QUÉ FUE DE RODRÍGUEZ?


Cuaderno de Bitácora del "Conill". "Hemos zarpado esta mañana a las 7:30 HRB. Viento NE 3 a 4, amainando a variable 2. Rizada disminuyendo a marejadilla. Nos dirigimos navegando a vela rumbo 120º. Se espera buen tiempo. Hemos repostado combustible en puerto y llenado los depósitos de agua. La tripulación está confiada y colabora en lo que se le pide".

CONFIDENCIAL. Ministerio Fomento. Dirección General de la Marina Mercante. Comisión permanente de investigación de Siniestros Marítimos. Informe sobre el hallazgo de la embarcación de recreo "Conill". "El relato de los acaecimiento que sigue está basado en las declaraciones efectuadas por el Teniente (tachado, se omiten datos) y el suboficial (tachado, se omiten datos) ante la Comisión que investiga los hechos y en la documentación facilitada por la Capitanía Marítima de competencia. El suboficial, encargado del puente en el momento de la localización del "Conill" declaró que había comenzado su guardia a las 04h00m y debía salir a las 08h00m (hora local, una hora menos en Tiempo Universal, respectivamente). Momentos antes del avistamiento (sobre las 05h30m) llevaba rumbo 248º a una velocidad de 14 nudos, gobernando con el piloto automático. Había buena visibilidad. El buque, que luego resultó ser el "Conill", fue detectado inicialmente por medio del radar, por la amura de babor a una distancia de 10 millas. El radar le proporcionó además la información de que seguía un rumbo de deriva a una velocidad insignificante. Poco después el buque fue observado a la vista con los prismáticos confirmando que se trataba de una embarcación de recreo sin gobierno".

Los últimos de la clase



Los últimos de la clase
© A. Bial Le Métayer


LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE

Éramos los últimos de la clase, esos chavales a los que los profesores les ponían un cero en sus notas y se echaban a reír, porque les daba lo mismo y a sus padres también les daba absolutamente igual. Así que no estábamos en ese lugar precisamente por nuestra inteligencia, sino más bien por meternos siempre en medio de los líos y aparecer en las listas negras de los profesores (que también las había, y nos tenían tomadas las medidas).

Por eso, en cuanto el sabihondo de turno llegaba con un nuevo reloj, allá que nos íbamos a curiosear en torno a él. "Déjanoslo ver un momento", "¿qué hace?", "¿tiene cuenta atrás?", "déjame probarlo....". Vanos intentos que hacía el listillo por tratar de esquivarnos, puesto que siempre se lo acabábamos arrebatando de las manos entre sus negativas, primero trataba de resistirse pero al final cedía y fingía habérnoslo dejado él (éramos tontos, pero no tanto), y nos decía aquello de: "vale, os lo dejo, pero solo un rato, ¿eh?", y continuaba con una serie interminable de excusas: "que no es mío", "que me lo han prestado", "que mi padre va a preguntarme por él"... O sea, el muy capullo reconocía que tenía padre. Eso sí era jeta, y nos ponía más furiosos aún.

Dos coches de rally



Dos coches de rally (saga "Curvas y aceite")
© A. Bial Le Métayer



DOS COCHES DE RALLY


En cuanto Erika los vio aparecer, intuyó que habría problemas. Llamadlo instinto de mujer o como queráis. Eran tres tipos que llegaron en un BMW M3 azul oscuro, y lo dejaron en la explanada de entrada al taller.

No penséis que tenían aspecto de drogatas, de "quinquis" o de delincuentes, ni mucho menos. De hecho, y aunque no fuesen de esmoquin, vestían elegantemente. Fue su actitud, más bien, la que encendió todas las alarmas en la mecánica. Caminaban como si el mundo les perteneciera, y conversaban entre ellos bromeando como si fueran una pandilla de gamberretes. Aunque todos deberían rondar los treinta ya.

Uno llevaba una especie de minúsculo moño ridículo en la parte alta de la coronilla, ese "pegote" de pelo retorcido como una bola, que se había hecho tan popular entre los futbolistas y que, como ocurriera en los noventa con las perillas, o en los dos mil con los cortes al rape, muchos hombres habían imitado. Y es que no había cosa mejor para popularizar algo entre los hombres, por muy absurdo y vulgar que fuese, que hacer que lo luciese un futbolista, sean tatuajes, complementos como relojes o, como en este caso, peinados.

El Imperio. Relatos Cortos 4. Jerhoj: Lugansk, Ucrania



Jerhoj, la layenda: Lugansk, Ucrania (saga El Imperio. Relatos Cortos 4. Jerhoj.)
© Bia Namaran


A Ivanov Jerhoj tenían que ir a buscarlo cada mañana a la iglesia. Desde la muerte de su esposa se pasaba cada jornada, ya desde bien temprano, en el mausoleo familiar cercano al templo religioso y, a continuación, acudía a misa de ocho. No faltaba ni un día, y para él ese ritual, esa costumbre, era mucho más importante que seguir los negocios de su famosa firma de motocicletas rusas, Jerhoj.

La marca Jerhoj había sido uno de los muchos proyectos de su padre, con mucha inventiva y ganas, mas con poco capital. Pero el impulso definitivo se lo había dado Ivanov, junto con su esposa, ambos enamorados del mundo de las motos, y que decidieron transmitir esa pasión al resto del mundo.

Daniela visita la tienda de Adela



Daniela visita la tienda de Adela (saga "La trapera")
© A. Bial le Métayer



DANIELA VISITA LA TIENDA DE ADELA


En cuanto vio aparecer la oxidada bicicleta GAC, y detenerse frente a la puerta de la tienda, Adela Crowdler supo de inmediato de quién se trataba. A los pocos segundos, tras dejar caer la bici hasta que ésta se quedase apoyada sobre la pared, un animado personaje de camiseta sin mangas color pistacho, toda desgastada y harapienta, y pantalones tejanos remendados con los flecos columpiándose por las aberturas aquí y allá, entró a la tienda. La dependienta esbozó una sonrisa. Se trataba de Daniela Sibaz. A "Dala", como se la conocía por el barrio, la había visto crecer, o mejor dicho, habían crecido juntas. De pequeña era la típica "gamberreta" que siempre iba por ahí con las rodillas descalabradas y las mejillas pecosas llenas de surcos por las lágrimas. La primera que perdía los cordones de sus zapatillas nuevas, o que los rompía, y la que siempre quedaba en la calle cuando las madres llamaban a las otras a que recogieran. Por fortuna para ella, no acabó en manos de un maromo que le hiciera la vida imposible, la llenara de hijos y la maltratara, que era lo que les solía ocurrir a ese tipo de muchachas. Quizá porque, cuando decidió inscribirse a la Legión (sí, la Legión) con su amiga Nacha Polo, que hacía poco había llegado al barrio (otro desastre de mujer tanto o más que Dala) el antiguo párroco la trató de encaminar metiéndola en el coro parroquial. Daniela soñaba con ser estrella del rock y emular a las cantantes de sus grupos de heavy metal que escuchaba día y noche en su walkman de Sanyo, pero ella sabía muy bien que en la Legión no había sitio ni oportunidades para alguien que quisiera ser famosa.

Lo de la Legión se diluyó en el momento en que, un par de años después, su amiga Nacha regresó ya totalmente desahuciada, adicta a las drogas y destrozada por el SIDA. Lo mismo que se terminaron el coro parroquial y todas sus fantasías de ser famosa, algo casi irrealizable para una muerta de hambre como ella.

Un señor de frac



Un señor de frac (saga "Un lugar en el tiempo")
© A. Bial Le Métayer
Imagen: Andrea Piacquadio



UN SEÑOR DE FRAC


Parecía un caballero fuera de su tiempo, sacado del renacimiento: traje de frac negro, poblado bigote grisáceo, pequeñas gafas de alambre, de forma redonda, brillante bastón lacado en negro con empuñadura en blanco... Pero lo que más llamó la atención de Adela - quizá deformación profesional - fue la brillante cadena plateada que, desde un lateral del chaleco, se columpiaba hasta el pequeño bolsillo relojero, fuera del cual se adivinaba el bulto de un reloj de bolsillo. Se dirigió mirando a uno y otro lado hacia el mostrador sobre el cual, y apoyada en sus codos, le observaba interesada Adela.

- ¿En qué puedo ayudarle? - Resolvió preguntarle ella, al ver que el caballero no se decidía a saludarla.

El hombre dio un ligero traspiés y, como saliendo de su aturdimiento, dijo ante Adela:

- ¡Perdone, señorita! Estaba abstraído observando los ejemplares de relojes... ¡Hermosas piezas tiene usted aquí!

La dependienta esbozó una mueca de sonrisa:

- ¡Gracias!

Seguramente ese cumplido alegraría a su abuelo.

- ¿Dispone de tiempo para escuchar una historia?

La carta



La carta (saga "El informador")
© Lublaj Raffle
Imagen: Hassan Ouabjbir



LA CARTA


En la sala de reuniones de la cuarta planta del edificio de usos múltiples de los Arja-Zaheda solían celebrarse encuentros de alto nivel. El personal que trabajaba habitualmente en las oficinas de seguridad, relaciones con los medios o inversiones, estaba más que acostumbrado a que recorrieran sus pasillos altas personalidades de la nobleza de la Casa Solar Arja-Zaheda, sus familiares, y también personal especializado de diversos departamentos.

Nada en el exterior del señorial edificio, rodeado de una zona de murete enrejado, hacía destacar que aquella construcción perteneciese a los Arja-Zaheda. Solo una pequeña placa, visible tras pasar el amplio portón vigilado constantemente por un guarda de seguridad, y superar la zona de parking delantera, informaba que pertenecía a tan noble familia.

Día de Reyes



Día de Reyes (saga "A contrarreloj. Paul Davis", cuarta temporada)
© J. G. Chamorro



DÍA DE REYES


Capítulo 1
No soy una persona demasiado navideña. Quiero decir, que estas fechas para mí son más deprimentes que festivas. Una bonita tradición religiosa, llena de generosidad y amor, ha terminado de algún modo, convirtiéndose en una retahíla de compromisos y de compras. Para terminarlo de rematar, la fría temperatura de enero, acompañado de las pocas horas de luz natural, convertían esas fechas en algo triste y sombrío.

Por suerte para mí, no recordaba cuando había sido la última vez que había tenido unas Navidades libres. Siempre recuerdo estas fechas viajando por trabajo, así que como no las vivía, tampoco las sufría.

Con las manos dictaminas; con los pies ejecutas



Con las manos dictaminas; con los pies ejecutas
© Pilarica



CON LAS MANOS DICTAMINAS, CON LOS PIES EJECUTAS


Era un día de verano en el ardiente sol del mediterráneo, de esos que te consumen por dentro, de esos que te deshidratan y te impiden respirar. Jonás y Julio, dos amigos de infancia, caminaban vencidos por los avatares del recorrido, progresando lentamente. Pasaron mucho tiempo marchando cuesta arriba, cuesta abajo, hasta que..., ¡alabado sea Dios!, un pueblo se avecina.

Con las sandalias agujereadas y los pies doloridos, enrojecidos por no decir hinchados, hastiados de tanto deambular, se internan hacia ese pueblo desconocido, compuesto de calles amarillentas repletas de polvo y viento. En la entrada, una fila de cipreses los saluda y los acoge con un edicto clavado en un enorme árbol: "In manibus dictamines et cum pedes eiecutas", y salido de la nada, el hombre que dirige el pueblo los saluda atentamente.

- Imagino que están hambrientos y sedientos, vamos adelante, nuestro pueblo los acoge, no sin antes disertar este mensaje, léanlo en la figura clavado en el árbol de la entrada.

Historias de taller



Historias de taller
© Fenix Hebron



HISTORIAS DE TALLER


A los "mecánicos de pueblo" y de barrio que conocen tu coche como la palma de la mano, y a los expendedores de gasolineras, que por desgracia cada vez quedan menos.



El taller
El taller del señor Paco estaba ubicado dentro del patio interior de varios edificios, aunque ahora tenía una aspecto desastroso, había vivido antaño muy buenos tiempos, en los años 60 y 70 había sido taller oficial de Simca-Chrysler, y su ajetreo era constante. En su mejor época había tenido cinco empleados: el señor Paco, que era el dueño y jefe del taller, dos mecánicos más y dos aprendices. Pero la era tecnológica, el OBD y la época digital lo fueron arrinconando cada vez más hasta dejarlo en una ruina.
Ahora funcionaba como un garaje, donde algún vecino -sobre todo, los más ancianos- dejaban a su cuidado el coche, quizá, alguna que otra vez, le encargaban al señor Paco que le inflaran alguna rueda, que le encerara la carrocería o le aspirara su interior, y poca cosa más. Paco ya estaba jubilado, y se pasaba la mayor parte del día sentado en la puerta del taller, quizá recordando tiempos pasados en donde las idas y venidas de vehículos por el pequeño recinto eran constantes.

La Zarpa Roja contra la amenaza de los hombres lagarto



La Zarpa Roja contra la amenaza de los hombres lagarto
© Patxi Larrabe
Imagen: Tia Irhazi



LA ZARPA ROJA CONTRA LA AMENAZA DE LOS HOMBRES LAGARTO


Bast, la Zarpa Roja, emergió entre chisporroteos del portal temporal empuñando su Luger. Su mono de color caqui presentaba los signos evidentes de una pelea que había transcurrido hace ya muchos millones de años. Atrás había dejado un laboratorio secreto en algún lugar de la Selva Negra alemana, con un par de científicos y un puñado de soldados del káiser inconscientes.

Una criatura enorme, de más de dos metros de altura, soltó un rugido y se abalanzó sobre ella. Era un ser de pesadilla, mitad humano mitad reptil. Su piel era fría y escamosa y un cuerno curvo adornaba su frente. Su poderosa boca estaba infestada de desgarradores dientes diminutos. Con gracia felina, Bast esquivó al hombre- lagarto y le propinó un culatazo en la nuca.

- ¡Alto ahí, en el nombre del káiser! - gritó un científico de bata blanca apuntándole con una pistola.